ARTE-SANO

Han llegado esas fechas que, entre compras y regalos, destacan por las copiosas comidas, claro que entre quienes aún se las pueden permitir. Hablando de comida, quizá con cierta frecuencia los consumidores podemos ser fácilmente engañados, sobre todo en los supermercados, cuando ya nos venden producto con la etiqueta de “artesano” como queriendo dar a entender que no es tan artificial como otros productos. Todo forma parte de las técnicas de publicidad que persiguen la venta de un producto y se cogen a cualquier detalle para alcanzar su fin. Los consumidores hemos de saber que un producto hecho a mano, es decir, artesano en al menos una parte de su procedimiento de elaboración, no significa lo mismo que ser un producto sano, hecho con ingredientes naturales.
Lo que tal vez no nos paramos a pensar es que una producción industrializada, en masa, con gran volumen, requiere de conservantes, estabilizadores, potenciadores de sabor, etc que no utiliza la comida natural, casera y verdaderamente artesana. Y esa comida que nos hacemos en casa, sin todos esos aditivos, que hemos de comer en pocos días porque si no se estropea, nunca podrá ser comparada con algo que lleva una etiqueta de “artesano” y que realmente de sano tiene poco, que encima está a un precio imbatible para la comida verdaderamente casera, porque comer alimentos precocinados es indiscutible e incomparablemente más barato que comer sano, con ingredientes naturales y más si estos son ecológicos.
Y así, adentrándonos también en la comparación y guerra de los precios, sin darnos cuenta, se llegan a cambiar ingredientes concretos por otros similares más baratos, conservando en todo caso la apariencia del envase, en el que únicamente consta con letra pequeña el verdadero ingrediente. Los consumidores, que parece ser que leemos poco, nos dejamos llevar por esa imagen de un girasol en una botella para creer que estamos comprando aceite de girasol cuando en realidad es de semillas; o compramos ese bote de brotes germinados creyendo que se trata de soja cuando en realidad es una variedad de judía.
De este modo, con sutiles cambios y determinadas palabras, los consumidores somos engañados y nos acaban alimentando con productos que van mermando su calidad, artículos que buscando mantener o incrementar los márgenes de beneficio, se abaratan en su producción. Y claro, como la economía está mal para todos, los consumidores, que también miramos por nuestro bolsillo, nos vamos dejando arrastrar a veces sin darnos cuenta u otras de manera forzosa, hacia un tipo de comida que quizá cada vez se acerca más a la comida para animales.

Es triste ver que comer sano y bien, es ya un lujo, y que la comida verdaderamente accesible sea aquella que más puede dañar nuestra salud. Comer bien y sano debería ser un derecho para todos, no un juego de negocios, intereses, beneficios y lucros.
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¿NADIE SE MUERE DE HAMBRE EN ESTE PAÍS?

Estamos en crisis: no hay trabajo y mucha gente agota las prestaciones por desempleo; han cerrado muchas empresas; hay recortes por todas partes; suben los impuestos; bajan o se congelan los salarios… ¡Ya lo sabemos!
No podíamos imaginar nada peor, pero esto conlleva importantes consecuencias entre la población: crece el número de personas al margen de la pobreza; desciende el nivel adquisitivo de las personas y por tanto el acceso a la educación, a la sanidad, a la salubridad alimentaria y del hogar; dejamos de poder permitirnos pequeños extras o caprichos como ir desayunar al bar, renovar el móvil, comprar juguetes a los hijos; estiramos la duración del calzado; no renovamos vestuario…
Pero aún dicen que no estamos tan mal, que aquí nadie se muere de hambre, como si fuese esta la única necesidad de las personas de una sociedad supuestamente desarrollada como la nuestra.
No sé hasta qué punto confiar en la veracidad de esta afirmación, y eso que he estado mucho tiempo colaborando con algunas ONGs en programas de banco de alimentos. Quizá no lleguemos aún a la situación que desde hace años azota a los países del llamado tercer mundo. Aquí, en nuestro país, he visto de todo, pero sigo viendo cada vez a más personas buscando entre la basura de un contenedor. Sí, algunos de ellos buscan objetos que tal vez puedan intercambiar por dinero, pero en esta última semana pude ver a una persona rescatando mendrugos de pan duro de un contenedor de basura. Esto me dice que realmente hay personas que están pasando verdadera hambre.
Es cierto que antes de llegar a la muerte por inanición, exprimidas las vías asistenciales, una persona puede ser capaz de robar o buscar en un contenedor, pero esas entidades que practican un asistencialismo caritativo que cubre algunas necesidades básicas de personas llamadas desfavorecidas o vulnerables, también están sufriendo los recortes, precisamente en una época en la que existe mucha más demanda de sus servicios. Por tanto, esto provoca que no puedan dar cobertura a muchas personas o que las que atienden, vean mermadas las ayudas que reciben.
Así, es lógico ver que cada vez más personas se vean obligadas al hurto o la búsqueda entre la basura para poder subsistir. Y esto nunca es tarea fácil. Se ha de vencer el amor propio, el orgullo, el sentido de la humillación, la vergüenza, la moralidad. De este modo, los que no se atreven a robar, son los que se ven forzadas a recurrir a la basura. Esto es mucho más que una situación lamentable, pero que no se tomen medidas al respecto por parte de los dirigentes de un país, que prefieren mirar a otro lado, aún es mucho más deplorable.
Fotografía de Majo Revert, de su blog "Viajar con el Alma"
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AFÁN DE LUCRO


Uno de los mayores problemas de la humanidad es sin duda el afán de lucro. Es el causante de las mayores injusticias, del enriquecimiento de una minoría y el empobrecimiento de la mayoría, del consumismo, del agotamiento de los recursos naturales, de la sobreexplotación laboral de muchas personas, de la corrupción de los políticos, del enchufismo y el tráfico de influencias, del cierre de algunas empresas, de la evasión de impuestos, de la concentración del poder en una minoría, del dominio de unos sobre otros, de muchos delitos…
¿No lo vemos así? Al afán de lucro busca la ganancia individual, un provecho, una ventaja, un superávit propio, el incremento del patrimonio. Esto hace que para conseguir sacar el mayor beneficio propio o ganancias patrimoniales, se trasladen las empresas a países allá donde la mano de obra es más barata, sacando así más margen de beneficio y provocando a su vez el cierre de muchas empresas en los países de origen; se fomenta también un modelo de consumo desmesurado, en el que se fabrica para vender objetos con una vida útil limitada, o de moda pasajera que pronto han de reponerse por otros, promoviendo así la sobreproducción; este modelo productivo-consumista hace que se genere mucha contaminación y se vayan agotando los recursos naturales de manera acelerada; se mide a las personas por lo que poseen y esto igualmente provoca que mucha gente quiera aparentar lo que no es o viva por encima de sus posibilidades, alimentando así la rueda del consumo; los que más tienen, son a su vez las personas que más tratan de evadir impuestos, o que incluso llegan a no pagarlos o buscar la forma de pagar el mínimo o promover la economía sumergida; las leyes se modifican a conveniencia de los intereses de esa minoría dominante y adinerada, haciendo que la propia legislación sea motivo de injusticia, mermando derechos y prestaciones al resto de ciudadanos; hace que quienes ostentan unos cargos pasajeros en el poder quieran aprovechar su posición para conseguir tratos de favor que les beneficien y conseguir así incrementar sus posesiones y riquezas; esto a su vez es motivo de delitos de fraude, corrupción, malversación de fondos públicos, etc.

Y así tenemos el mundo como está. Pero ¿Qué provoca el afán de lucro? La respuesta es sencilla: la codicia, el deseo de poder. ¿Cuál es su herramienta principal?: el dinero, la economía. Aunque tal vez las preguntas más interesantes sean ¿Para qué acumular tanta riqueza? ¿Tendrán suficiente algún día?
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SÍ A LOS RECORTES

Lo cierto es que ahora entiendo a los catalanes con lo de su independencia y todo eso. Viendo cómo está el país, no es un orgullo ser español, porque por mucho deportista de élite que destaque fuera de nuestras fronteras, no compensa serlo. Quizá, lo peor de todo, es que estando el país como está, aún nos permitimos la licencia de tomárnoslo con humor y hacer chistes de nuestra propia situación, que ilusamente compartimos por el móvil o las redes sociales. “¿Qué tenemos que hacer?” “¡Mejor tomárnoslo con humor!”, dice la gente, que siempre acaba votando al mismo, que días antes de las elecciones arregla un parque o una acera y promete mejoras que nunca cumplirá.
Además, en este país somos tan especiales que también somos capaces de poner a una persona sin carnet como concejal de tráfico; nombrar ministro de agricultura a alguien que no ha visto una planta ni en maceta; contratar a personas que cometieron fraudes en las arcas públicas para que asesoren a grandes empresas privadas; votar como dirigentes a personas que no saben dirigirse ni ellas mismas y que fácilmente se dejan llevar por otros; creer lo que nos diga cualquier político si eso nos trasmite alguna esperanza… Y para colmo, los ciudadanos conocen estos hechos y pasan con indiferencia, incluso llegando a volver a dar su voto alegremente al mismo de turno. Así, confirmamos más el dicho que este es un país de chorizos, payasos y ladrones.

Para que haya unidad en un país, en una ciudad, en un ejército o en un matrimonio o familia, es necesaria la satisfacción y cuidado de sus integrantes, que haya intereses comunes y que se vele por alcanzarlos; es necesario respeto, dedicación, escucha, confianza y entrega.  Además, también suele ser necesario tener a alguien de referencia, a quien merezca la pena imitar y seguir. No es este el caso de nuestro país. ¿Será más fácil casarse con un extranjero para cambiar de nacionalidad o cambiar nuestro abanico de miras para elegir a políticos más honrados, con verdadera vocación de servir a un país? 
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IDEAS DESTRONADAS

A lo largo de los siglos, ha habido personas que han tenido grandes ideas que han revolucionado completamente a la humanidad. Han hecho la vida más cómoda, más segura, más estable, más práctica, más sana… Con el tiempo, algunas personas han sabido convertir esas ideas en grandes empresas que han alcanzado buenos beneficios. En ocasiones otras personas también se han aprovechado de esas ideas para crearlos. De este modo, ideas propias y ajenas se convierten en medio de vida para muchas personas y a veces, incluso en un negocio sumamente lucrativo.
Las sociedades evolucionan, avanzan, cambian al igual que las tendencias, los deseos y las preferencias de la gente. Así, surgen igualmente nuevas ideas que satisfacen esas necesidades sociales y personales del momento. Lo curioso, es que el progreso también provoca que a menudo se materialicen ideas que acaban creando una necesidad hasta el momento inexistente, del mismo modo, se convierten en otro lucrativo y arrasador negocio que no tarda en arrollar a otras empresas.
¿Qué pasa con los que ya vivían de una idea o negocio antes de que una competencia más novedosa les quitase el mercado de clientes? La evolución es eso, saber adaptarse al medio y a las circunstancias. A los que quedan atrás, parece ser que sólo les quedan cuatro vías: asumir la derrota y retirarse; hacer un gran esfuerzo por innovar y adaptarse al momento; moverse hacia otro campo desconocido e inexplotado; o atacar a quien les arrebata su trozo de pastel.

La especialización en una determinada y única materia, también parece que cierra nuestras miras hacia otros sectores. Además, por lo visto las grandes ideas no son muy numerosas y con haber tenido ya una, no cabe exprimir para sacar otra. Así, parece ser que la opción más factible es el ataque, el menosprecio, la difamación hacia la competencia, porque nadie está dispuesto a dejar perder lo que tanto esfuerzo le ha supuesto crear, lo que ha sido su medio de vida, el que era su negocio, el que le producía beneficios, otro aspecto del que igual merece la pena hablar.
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EXADICCIÓN

Últimamente cualquiera puede observar a diferentes personas esperando en un portal, en la parada del autobús o en cualquier otro lugar, que aprovechan ese pequeño momento para chatear con cualquier otra persona a través del móvil. Dicen que “está conectado a la red”. Pero también va más allá, incluso podemos encontrar gente que lo hace mientras camina, dentro del tren, del autobús o hasta en el ascensor del centro comercial.

Esto no queda ahí. Igualmente me he topado con gente que es capaz de hacerlo mientras sube por unas escaleras mecánicas o mientras cruza la calle, apenas sin mirar si pasan vehículos o no, con los riesgos que esto podría llegar a entrañar. No dejemos de lado a la gente que lo hace mientras conduce, aunque lleve manos libres. Pero quizá, lo peor de todo, es cuando estamos entre amigos y alguno de ellos se queda ausente, porque está más pendiente del chat del móvil o de las notificaciones de las redes sociales que del encuentro presencial entre amigos. Los demás podemos ver cómo ríe él solo con su móvil mientras nos preguntamos el porqué de esa extraña sonrisa solitaria. A veces se dignan a compartir un video chorra que les acaban de enviar, si es ese el motivo, aunque no siempre se da el caso de que sea esa la circunstancia y el resto permanecemos completamente ajenos a él. Por si fuera poco, algunos pueden llegar a mostrarse nerviosos si no tienen cobertura o se quedan sin batería, buscando desesperadamente un cargador prestado.

No es por nada, pero hasta hace poco, estas mismas actitudes, incluso con un poco menos, eran consideradas propiamente como una adicción a las nuevas tecnologías. Es curioso cómo cambian las cosas. Ahora es algo normal, que está de moda y además, eres un dinosaurio si no estás al día con esta tendencia, a la que parece que nos arrastra y nos obliga el progreso tecnológico. ¿Es realmente necesario?

Yo no soy de esas personas. Tampoco tengo un móvil de última generación, pero mi terminal es lo suficientemente moderno para permitirme consultar el tiempo y el correo o tomar notas para mis escritos. Esto en ocasiones ha provocado que mi mujer me diese un toque de atención, quizá por hacerlo en uno de esos momentos en que aparece la fugaz inspiración y en los que da la casualidad de que se requiere de mi atención plena con los menesteres de la vida diaria y mis obligaciones como padre. A veces estas pequeñas distracciones mías, que me llevan sólo unos minutos, son suficientes para ganarme ese reproche de mi mujer, una persona que coge el móvil si se acuerda y que al mes gasta menos en él que lo que vale un café. Lo cierto, es que si necesita llamar o enviar un correo, lo hace desde mi teléfono y en ese momento es cuando puedo aprovechar para echarle en cara sus reproches, porque parece ser que ella también tiene esa misma necesidad, aunque sea en menos ocasiones que yo. Que estas pequeñas discusiones lleguen a producirse, da que pensar. ¿A dónde podremos llegar los seres humanos? ¿Nos quedaremos entre las nubes?

Tal vez si los dos estuviésemos enganchados cada uno por su cuenta a esas nuevas formas de comunicación, no se producirían estos leves conflictos. ¿Esto sería bueno o malo?

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VISIONES DEL FUTURO


Resulta curioso pensar que algunos escritores o el cine han imaginado viajes a la luna, al fondo del mar, el control remoto, los teléfonos móviles, la videoconferencia, los robots, las naves espaciales...  mucho antes de que sean una realidad. ¿Podríamos considerarlo profecías? Es una posibilidad, pero sin duda antes lo atribuimos todo al increíble poder de la imaginación, que previamente a materializar muchos de estos elementos, ha sido capaz de verlos. Después, teniendo ya la dirección en la que apuntaba esta creatividad del ser humano, sólo faltaba encontrar la forma de convertirlos en realidad. Una vez creado todo esto, deja de ser ciencia-ficción, pero la creatividad no para, va más allá, imagina objetos o situaciones nuevas de las que con el tiempo, parece que llegamos a tener delante de nuestras narices.
Curiosamente, el cine o los escritores también han imaginado mil y una catástrofes apocalípticas con guerras, escasez de recursos naturales... Así, a lo largo de los últimos años he visto ya más de una película que también apuntan hacia unas sociedades en la que sólo existirán dos clases sociales: la gente sumamente rica, que vive con un lujo y calidad de vida exorbitante; y la gente sumamente pobre, sin más destino que trabajar esclavizados por una miseria para mantener el elevado nivel de vida de unos pocos ricos. La tecnología, la salud, la educación, el poder, la comodidad, sirven únicamente a esta pequeña porción de clase rica. El resto de personas viven sin apenas recursos, sin alimentos, sin medios para cuidar de la salud y trabajando duramente para intentar mantener lo poco que llegan a tener.
¿Nos muestra ya el cine esas visiones para que nos vayamos haciendo a la idea? ¿Serán una nueva realidad? ¿Lo permitiremos viviéndolo de forma pasiva, como algo que ya tenemos asumido porque el cine ya nos ha ido acostumbrando?
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SIN CAMBIOS



A menudo oigo gente quejarse de su vida: que si ya es muy mayor; que si no hay trabajo; que si la crisis; que si están solos; que si se aburren; que si no conocen a nadie; que si no saben hacer otra cosa; que si no tienen pareja; que si no sirven para otra tarea; que si es que son tímidos; que si todo es una mierda… Y así siguen un día tras otro sin que nada cambie en sus vidas, hasta tal punto, que ya están acostumbrados a vivir de este modo. Asumen su desdicha como algo que les ha dado la vida así, sin que se pueda cambiar; sin que ellos puedan hacer otra cosa que resignarse y quejarse. Y aunque parecen no estar a gusto, es lo único que conocen y si algo tiene que cambiar, siempre les ha de venir “de fuera”, como un golpe de suerte, igual que creen que les ha venido la vida.
Pocos queremos ver y asumir que la vida que tenemos, es consecuencia de nuestro carácter y decisiones. Como todo en la vida, también nuestro carácter se ha ido formando, en este caso, con la educación y el trato recibido de nuestros padres, la cultura, las creencias, la escuela, los amigos, las vivencias, etc. Y siempre hemos tomado decisiones en función de nuestra comodidad, satisfacción, miedos, gustos y deseos, que a su vez, han estado igualmente influidos por nuestro carácter, aptitudes y entorno. Siempre nos hemos movido dentro de lo conocido. En gran medida, nos da miedo el cambio, porque nos es desconocido, por el “qué dirán”, por si “metemos la pata”, por si “hacemos el ridículo”, por si nos “hacemos daño”… Curiosamente, nunca pensamos en positivo: ¿y si triunfamos? ¿y si nos sale bien? ¿y si encontramos otro trabajo? ¿y si conseguimos pareja? ¿y si nos lo pasamos bien?
Moverse hacia lo desconocido, cambiar, requiere moverse, valor y esfuerzo. Pero en realidad, dicen que las personas tendemos más hacia la estabilidad que al cambio. Como apunta un refrán popular: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y ahí perdemos la oportunidad de mejorar nuestra existencia. Ahora, si hacemos siempre lo mismo, no esperemos que nada cambie en nuestras vidas.
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INTOLERANCIA

Dicen los románticos que persiguen las utopías, que la diversidad es enriquecedora, pero en realidad, la diversidad es fuente de los mayores conflictos. Tenemos diversidad racial, diversidad cultural, diversidad política, diversidad de opinión, diversidad de marcas... Pero en realidad, todos tenemos un fondo (o no tan fondo, sino algo más en la superficie) de intolerantes.
Por ejemplo, para empezar, a menudo no respetamos las opiniones y el deseo de los hijos, sobre los que queremos que hagan esto o aquello otro. ¡Nosotros somos los adultos! ¡Nosotros mandamos! ¡Se hace lo que yo digo! ¡Vámonos a casa! Y el niño quiere jugar en el parque.
¿Qué podemos hacer para que el niño haga lo que yo quiero? 1.- Castigarlo, abusando de nuestro poder y superioridad. 2.- Darle un azote, volviendo a abusar de nuestro poder y superioridad. 3.- Meterle miedo, diciendo que vendrá el lobo o que si se queda sólo se lo llevará un extraño... Ninguna herramienta más hemos utilizado desde que los seres humanos dejamos de ser primates, porque la razón no siempre convence y razonar conlleva más tiempo, esfuerzo y argumentos tangibles de los que a menudo no disponemos, además de que los otros no siempre van a entender lo que queremos decir.
Así, sin más, queremos que los demás sigan mi única y verdadera religión; queremos que voten a mi partido, porque el de la oposición es lo peor; queremos que todos compren en mi supermercado, porque el dueño del otro es un tirano; queremos que nuestro hijo estudie, porque nosotros no aceptamos la vida que tuvimos sin haber estudiado; queremos que utilicen mi compañía de teléfonos porque la otra abusa mucho de su poder y tarifas; queremos que nuestra pareja tenga el mismo deseo que nosotros, porque si no, el matrimonio no funciona; queremos que el otro hable mi idioma y siga mis costumbres que para eso está en mi país; queremos que todos acepten lo que yo digo, porque sólo yo tengo razón; queremos que los demás hagan lo que yo quiero, simplemente porque es mi necesidad y deseo, o porque yo estoy ya mayor y cansado.
Y así, siempre lo del otro es lo peor. Vinimos al mundo sin nada, y nos creemos dueños absolutos de todo. No aceptamos que el otro puede tener intereses, gustos, necesidades y prioridades diferentes. Pero por si fuera poco, no dejamos a cada cual con su vida e ideas: ¡hemos de meter las narices y decirle que no hace bien!
Y ahora, empiezan las discusiones, los conflictos, las rabietas, los agravios... y se puede llegar a desatar la ira, la violencia verbal, la agresión física y la guerra declarada. Si es entre dos personas, aunque lleguen a salir en televisión, como mucho uno acaba en la cárcel y otro en el cementerio. Pero a menudo, se arrastran masas de personas y países enteros. Se desata la guerra. Todo simplemente porque somos intolerantes.
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SALIR DEL ARMARIO

He de decir que suelo ir a playas naturistas, que de la misma manera la gente las llama libres, donde precisamente podemos encontrar a muchas personas, nunca mejor dicho "libres", que como curiosamente también se dice, han "salido del armario". Admito que aún me resulta un tanto extraño o raro ver a dos hombres o dos mujeres besándose como pareja, pero pienso que esto sólo es algo cultural, que mis hijos o mis nietos lo verán como algo completamente natural, si otros no se empeñan antes en volverlos a encerrar otra vez dentro del armario del que tanto tiempo les ha costado salir. Principalmente han sido las creencias religiosas de quienes creen que tenemos un alma inmortal encerrada en este cuerpo caducifolio, las que han hecho que muchas personas quedaran recluidas en el armario, al parecer por ir contra las leyes de la naturaleza. Puede resultar curioso que sólo quienes se han atrevido a salir de la prisión de un cuerpo sexual, han podido amar, sin metáforas e idealizaciones, a una persona de su mismo sexo.
Si hay algo de malo en la homosexualidad, es la intolerancia hacia ellos, la incomprensión y la represión a la que han sido sometidos. Y si realmente hay un Dios en el que creer, según unas leyes divinas escritas que dicen que tenemos que perdonar y no hemos de juzgar a nadie, sin duda este Dios nos ha puesto a prueba para ver cuales son las ataduras y limitaciones de nuestro cuerpo y nuestra mente y a su vez, toma nota al ver cómo dejamos de perdonar y juzgamos a los demás desde una postura que parte de una completa ignorancia sobre esas personas que sienten el amor, el cariño, la pasión y el afecto como algo totalmente diferente.
Pienso en lo triste que puede ser una vida en solitario y lo gratificante que puede ser la vida en pareja bien llevada, que ofrece cariño, comprensión, calor, apoyo... Así que todos merecemos alguien que nos acompañe en el camino de la vida. ¿Y qué importa el sexo de la persona para este propósito? Y si entre una cosa y otra, también podemos ¿Porqué no disfrutar del placer que nos proporciona esa sexualidad humana tan diferente de la animal, puramente procreadora?
Tal vez muchos se consideren muy progresistas, pero en este sentido, seguimos en la edad de piedra, porque el respeto humano, cualquiera que sea su ideología, creencia o inclinación sexual, sigue haciendo mella en nuestras relaciones con los demás. Como se dice: “Vive y deja vivir”.

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POR GRACIA Y SIMPATIA

Los seres humanos nunca dejan de sorprenderme, sobre todo, por el contraste que presentan sus dos diferentes facetas: por un lado, todo aquello que representa al bien, que muestra afecto, sensibilidad, belleza, cortesía... Y por otro, todo aquello que personifica al mal, como el egoísmo, la hipocresía, la intolerancia, la desconsideración...

Quizá, lo más curioso de esta doble faceta, se muestra en la relación con los demás: ante una persona presenta una cara, y ante otra, exhibe una actitud completamente diferente. A veces, incluso entre los propios familiares, que ante ti, muestran una actitud de afecto, de aprecio, de respeto, y cuando no estás presente, hasta por el simple hecho de querer ganarse la simpatía de otra persona o caer en gracia, son capaces de hablar mal de ese familiar ausente, gratuitamente, con una actitud totalmente contradictoria con la que muestran hacia esa persona de la que tan fácil nos resulta hablar mal a sus espaldas.

No deja de sorprenderme esta característica de la personalidad humana, que también es capaz de ridiculizar o burlarse de una persona para parecerle graciosa a otra. Es fácil hacerlo, y además, lo hacemos con soltura. Y quizá, lo peor de todo, es que resulta una actitud aprendida, que vivimos de nuestros padres y transmitimos a nuestros hijos, pero que encima sea para ganarse la simpatía o el afecto de otros... ¿Cómo podemos ser tan mezquinos?

Generalmente no oímos lo que se dice a espaldas de nosotros, pero ¿Qué pasa si en alguna ocasión llega a nuestros oídos? Duele ver esta actitud de la gente que apreciamos. ¿Seríamos capaces de reconocer esta conducta y evitarla?

--   Daniel Balaguer    http://www.danielbalaguer.es    https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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TODO BAJO CONTROL


Quizá nunca nos hemos parado a pensar en el control que existe en nuestras vidas, y menos cuando ese control no parte de nosotros, sino que viene desde fuera. A menudo también nos creemos dueños de nuestra libertad, pero en realidad, esta es sólo aparente. Existen sutiles hilos que nos gobiernan a todos, y si no lo crees, reflexiona bien sobre alguna de estas ideas:
La gente sólo se queja en pequeños corrillos de amigos o en escribiendo blogs. Los insurgentes no salen de sus casas porque sólo protestan a través de las redes sociales. Así, por medio de ellas, también se conocen las ideologías de cada uno, con quien las comparte y quiénes son sus contactos, y a su vez, cuáles son sus respectivos datos de contacto. Además, la gente ya no se comunica cara a cara, sino a través de medios informatizados que pueden ser registrados, vistos, seguidos y controlados por otros. Igualmente también está de moda utilizar “la nube” para almacenar archivos e información personal.
Las convocatorias a cualquier tipo de huelga, reúnen siempre a pocas personas. Y si hay que apoyar cualquier causa, se hace desde la comodidad del hogar, detrás de un ordenador, reuniendo pocos millones de firmas, si llega. ¿Qué es eso entre el total de ciudadanos de un país como el nuestro o del mundo entero? Las personas sólo se unen entre millares de ideologías y asociaciones diferentes que dan imagen de diversidad y libertad, pero que en realidad hace que no constituyan una poderosa unión masiva y amenazadora ante quienes ostentan el poder. Y todo movimiento reivindicativo ciudadano que llega la calle, desfallece en cuatro días.
Las personas creen las noticias que los medios de masas les presentan y ven, y también siguen la moda que otros les marcan, y hasta tal punto es tal este poder de control e influencia, que la gente incluso es capaz de arriesgar su salud sometiéndose a una operación estética para alcanzar los cánones de belleza que se han establecido.
Y en estos tiempos, le atribuimos el mal de todo a una crisis mundial ajena y la situación de los países se atribuye a la incompetencia y corrupción de los políticos. Así, mientras ellos son los cabezas de turco, quienes realmente gobiernan el mundo, la economía y los mercados, hacen y deshacen a sus anchas. Realmente, sólo un grupo reducido de hombres controla el precio de los mercados y las leyes de la oferta y la demanda. Y por si fuera poco, las legislaciones benefician a quienes tienen el dinero y el poder, que en muchas ocasiones, incluso se mueven fuera de su alcance.
También se fomenta el uso de tarjetas de fidelización, de débito, de crédito, facilitando información sobre qué compra la gente y dónde lo compra.
Y una pizca de esclavitud también se albira cuando todas las familias tienen que trabajar para pagar su hipoteca y llevar un nivel de vida consumista. Y en estos tiempos de crisis y escaso trabajo, se fomenta que como muchas personas están desesperadas por trabajar, se acogen a cualquier empleo precario.
Finalmente cabe resaltar que la gente esta tan saturada de información por todas las vías, que ya es impermeable a lo que cualquiera les diga. Y lo mejor de todo es que muchas personas ni siquiera leerán esto, y si por error alguna lo hace, seguirá igual, sin difundirlo ni cambiar nada en su vida.
¿No te produce escalofríos pensar realmente en todo esto?
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UN BICHO RARO


Desde pequeño he sido una persona tímida e introvertida, con lo cual, no me relacionaba mucho con los demás. Entonces, la gente no dudaba en calificarme como un “bicho raro”, incluso, dentro de mi propia familia. Ahora han pasado los años. Dicen que todos maduramos; que todos cambiamos, y yo lo he hecho de manera notable, a pesar de que en el subconsciente aún quedan arraigadas pequeñas fracciones de mi carácter inicial, que a menudo brotan dificultando aún un poco mi relación plena con los demás. Pero miro alrededor y me percato que la gente siempre encuentra también en los otros a esos “bichos raros”, que no actúan como ellos piensan que debería actuar todo el mundo o que no hacen lo que a ellos les gustaría que hiciesen.
Es curioso que siempre sean los demás los "bichos raros". A veces incluso nos podemos encontrar gente sumamente hipócrita con el trato diferente con unos a la cara o a las espaldas; gente que es envidiosa y puñetera; gente que siempre está quejándose... y aun así, los otros, los que no tienen estos mezquinos rasgos de personalidad y son más sinceros, más francos, humildes, o tranquilos... son los raros.
Si ser una persona honrada, sincera, que no hace la pelota o le baila el agua a nadie, tranquila, que olvida o deja pasar las ofensas que le causan los otros, o sencillamente que vive su vida con total libertad e independencia, es ser raro... me sabe mal, pero yo estoy encantado de ser así: un chico muy raro, que dentro sus rarezas, es seguramente más feliz que todos esos otros que un día tras otro, le miran de mala gana, o que hablan mal a sus espaldas, o que buscan constantemente sus defectos, o que señalan sus errores, o que querrían borrarlo de su vista, o que le harían todo el daño que pudiesen...
Desgraciadamente, parece que estos "bichos raros" son realmente escasos o exóticos, pero quizá si hubiese más, el mundo sería un poco mejor, más tranquilo, pacífico y agradable. Y si por no ser tildado de "bicho raro", prefieres someterte a lo que otros dirán o quieren a que hagas, digas o piensas... parece que, como los otros “bichos normales”, estaràs condenado a la falsedad, a la inseguridad, a la intolerancia, a la comparación, al menosprecio y por tanto, irás de camino directo hacia la infelicidad. Es tu elección.
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--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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EL SENTIDO DE LA FE

A menudo los seres humanos han debatido sobre la existencia o no de fuerzas divinas. Se dice también que creer en algo no visible ni demostrable científicamente, es sólo cuestión de fe. La fe, simplemente se tiene o no se tiene. Pero ¿Qué es la fe? Dicen que mueve montañas. ¿Cómo lo podríamos explicar?

Quizá podamos utilizar el sencillo ejemplo de las espinacas. Se dice que hacia 1930 las autoridades sanitarias de un conocido país se vieron desbordadas por el aumento del número casos de anemia producidos por la falta de hierro. Pronto se iniciaron campañas entre la población para popularizar el consumo de alimentos ricos en este mineral. Según un estudio publicado en el año 1870 y por un error en la trascripción del intérprete, se trascribieron mal los datos originales, corriendo los decimales de la cifra y por tanto, multiplicando por diez el contenido en hierro de las espinacas.

Este error dio lugar a que se disparase la producción y el consumo de espinacas, incluso llevándolo a la televisión a través de un personaje animado que al tomar espinacas, cobraba una fuerza y vigor espectaculares. Aunque luego se descubrió el error, el aura del personaje siguió eclipsando la realidad y el mito aún persiste en nuestros días.

Esto explica el poder de la fe. Los seres humanos parece que necesitamos creer en algo para movilizarnos, para producir y consumir espinacas, para verlo en la televisión, indistintamente que el origen de esa creencia esté fundamentado en errores o imperfecciones. Creer en algo nos ayuda a ser mejores, a sacar fuerzas, a mover el poder de la humanidad. Y mientras, los que no creen, los que están convencidos de que estamos aquí por una serie de mutaciones aleatorias, producto de la evolución, quizá se limitan a vivir, naciendo, creciendo, trabajando, amontonando riquezas, reproduciéndose y envejeciendo sin más, como robots, tal vez también sin preocuparse por los demás.

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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UNA QUEJA

A menudo oigo la gente quejarse: si está calvo, si tiene demasiado pelo, si tiene trabajo, si no tiene trabajo, si tiene los cabellos rizados o si los tiene demasiado lisos; si está casado o si no tiene pareja; si está solo, o si un pesado quiere que le acompañe a algún sitio; si tiene hijos chicos o si son chicas; se queja también del tiempo, de los políticos, de los vecinos, de la programación televisiva, de los anuncios, de la manera de pitar el árbitro o del entrenador de su equipo de fútbol favorito... Así, sea como sea, parece que todos nos quejamos de todo. ¿A qué se puede deber tanta insatisfacción? Se dice también que debemos aprender a ser optimistas, pero la mayoría parece que ve más fácilmente el lado oscuro de las cosas. ¿Porque vemos siempre la parte más miserable de las cosas y somos más proclives al pesimismo y la queja?

Quizá todo se deba que nos han educado más así y tenemos esta actitud aprendida, y por tanto, una oscura manera de ver la vida programada en nuestro subconsciente. Pero por otro lado, lo curioso es que cuando nos quejamos de los otros, siempre lo hacemos a sus espaldas: tampoco hemos aprendido o nos han enseñado a decir las cosas a la cara, sin ofender, buscando las soluciones para llevar a cabo la mejor convivencia. También a menudo nos gusta quejarnos, pero cuando alguien se queja de nosotros, eso no nos gusta tanto. Parece que nos ofende.

Entonces, esto nos permite ver la compleja dimensión de las relaciones humanas, que como seres dotados de inteligencia, en lugar de buscar soluciones, una vez tras otra nos enfrascamos creando problemas y más problemas de diversa índole, que a menudo nos cargamos en la mochila negra, quizá buscando utilizar posteriormente nuestra inteligencia para tratar de solucionarlos. No es por nada, pero parece un derroche de energía. ¿Acaso no tenemos nada mejor que hacer?

Quizá el primer paso para corregir esta manera de ver las cosas y de actuar, es percatándonos de estas actitudes arraigadas en nuestra manera de ser y ver que también nos rodean en el grupo de personas entre las que nos movemos. Una vez detectadas, el siguiente paso consistirá en hacer el esfuerzo necesario para liberarse de ellas y corregirlo, aprendiendo a ser más positivos. Por supuesto que no debe ser nada fácil encontrar el lado positivo de una tragedia. No hay optimismo que valga, pero seguro que con el tiempo, la práctica y las últimas vivencias, si no nos dejamos arrastrar ni alimentamos el negativismo, veremos como surgen nuevas oportunidades que aportarán luz y color a nuestras vidas.

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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LA JUSTICIA DIVINA

A menudo, cuando hacemos algún favor a otra persona, la gente mayor dice aquello de: “que Dios te lo pague”. En cambio, si alguna vez alguien hace una cosa mal, también dicen que la vida ya le pasará factura.

No sé si será cierto o no que estamos gobernados por fuerzas divinas o leyes del Kama. El caso es que hace poco tiempo, haciendo la compra de la semana, hubo un producto que no me cobraron. Al revisarlo, viendo que la suma en caja era inferior y no cuadraba con la que yo tenía calculada, me percaté y bien podría haberme quedado con aquello sin decirlo, pero opté por notificarlo al vendedor. Después de revisarlo todo, debí pagar el producto de más que me llevaba.

Curiosamente, aquella misma semana, en otro lugar me devolvieron mal el cambio sin que yo me percatase. Al volver a la semana siguiente por la factura, la dependienta, también una persona honrada como quizá pocas encontramos hoy día, me informó del error en el cambio y me devolvió la diferencia.

Así, quizá cabe pensar que una acción correcta vuelve a uno mismo con otra acción semejante y correcta. ¿Pero qué pasa si hacemos algo mal? Pienso con todos esos casos de corrupción, malversación de fondos, tráfico de influencias... Y en vista que tenemos una justicia que no funciona igual para todo el mundo, y que por tanto no es justa, quizá sólo nos queda el consuelo de pensar en esa justicia divina, pero la lástima es que no siempre se manifiesta, no es palpable, no la percibimos. Seguro que si la recibiésemos de manera visible, el mundo sería otro.

Quizá hemos querido proyectar una vida eterna con premios y castigos que atienden a los intereses terrenales de personas que han buscado reconducir, dominar o condicionar a otros, pero por desgracia, hoy en día poca gente cree en todo esto. Parece que como todo, esto es un producto más de la imaginación del ser humano, que ha creado culturas diferentes con proyecciones diferentes sobre otro mundo después de la vida. Y además, si etiquetamos una cosa como sagrada, se convierte automáticamente en incuestionable e intocable. Así, tenemos demasiados puntos de vista divergentes sobre esa eternidad y su justicia.

Lo cierto es que los desengaños que vivimos en este mundo, cada vez nos provocan creer menos, y si casi como conocemos la totalidad del funcionamiento de este mundo, ¿qué vamos a saber de la divinidad? Tal vez sólo rellenamos los vacíos de lo desconocido con lo que conocemos. ¿Pero qué pasaría si estas trazadas imaginadas tuviesen leves pinceladas de verdad, si realmente hubiese justicia divina?  Hay mucha gente esperando verlo, esperando poder creer.

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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