EL DOMINIO DE LOS DINOSAURIOS

Se dice que los dinosaurios dominaron la tierra durante el Jurásico y el Cretácico por su capacidad de adaptación tras unos períodos de extinciones masivas provocadas por los cambios de las condiciones del planeta. Pero tras unos 160 millones de años de existencia, se extinguieron. De esto, hace ya otros tantos 65 millones de años. Es decir que el ser humano acaba de nacer, pero ya se desmarca claramente como la especie dominante del planeta.

Aunque no contento con esto, dentro de nuestra misma especie, desde antiguo ha maquinado las mil y una maneras para dominar o controlar al otro, pero básicamente estas formas de dominio se podrían clasificar en tres grandes grupos: El dominio por medio de la fuerza bruta (garrote, violencia física, armas…); el dominio haciendo uso del miedo (las fuerzas sobrenaturales, comparando con sucesos históricos, hipotéticos o ficticios…); o por medio del abuso de poder (castigo, burocracia, economía…).

Quizá, llegadas estas fechas, podemos observar una clara forma de dominio de los adultos sobre los niños, dada entre algunos padres o educadores de infantil, que amenazan con que “el paje te vigila” o “si te portas mal no te traerán juguetes”, “te traerán carbón”, pero incluso fuera de la Navidad quedan vestigios del “hombre del saco”. Me parece algo desfasado y repelente, ¿pero de qué otra forma podríamos controlar a esos niños activos, ávidos de explorar, descubrir, experimentar, que incluso miden y desafían a los adultos?. Según sus inquietudes, intereses y prioridades, será labor de cada uno averiguarlo, pero quizá lo más cómodo es replicar lo que otros hicieron con nosotros, sin siquiera cuestionarlo y valorarlo, posiblemente hasta que llegue el día en que nos extingamos.

Así, desde pequeños, nos desarrollamos amamantados por el miedo y el castigo, aprendiendo ya a vivir subyugados a la autoridad, por muy rebeldes que después nos podamos creer o actuar. Quizá es una misión de las nuevas generaciones ir acabando con estas formas de actuar, porque sólo así podremos dar cabida a nuevas maneras de relacionarnos y otros acontecimientos.

--   Daniel Balaguer    http://www.danielbalaguer.es    https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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COMIENDO PAJA

Son increíbles los cambios que se van sucediendo a lo largo de los siglos. Cambian nuestras creencias, costumbres, formas de pensar, valores, prioridades, necesidades, formas de vivir, tradiciones... Así, algo tan tradicional en estas fechas navideñas como es el propio Belén, también ha cambiado. Ahora, en conjunción con los tiempos de crisis y recortes, hay dos nuevas bajas, dos desempleados más: el burro y la vaca. Además, la estrella que anunciaba el nacimiento de Jesús, ya no era tal, sino una supernova, o como sea que la ciencia haya decidido llamarla.

Curiosamente, la ciencia y sus razonamientos o descubrimientos, siempre ha parecido el enemigo de la religión, la magia y la superstición, pero como parece que la primera va ganando terreno, la segunda se acoge al dicho "si no puedes con tu enemigo, únete a él". Quizá, la religión ahora quiere comulgar con la ciencia.

Pero en realidad, ¿Qué coño (palabra censurable) importa que hubiese o no vaca y burro, que Jesús naciese en diciembre o en pleno verano, que fuese una estrella la anunciadora de tal prodigio, un planeta, un cometa o una nave extraterrestre, o que los reyes no fueran de oriente sino de occidente?. Al paso que vamos, seguro que no había ningún rey negro. Si estos son la clase de mensajes con los que se han quedado y nos quieren transmitir, apañados estamos.

Realmente, creo que si esas personas que se hacen llamar representantes de Dios en la tierra, se están calentando la cabeza en estas tonterías, no les importa ni se dan la más mínima cuenta del mundo en el que ahora vivimos y las necesidades reales de las personas. Cómo se nota que ellos tienen las espaldas bien cubiertas para que sean estas sus únicas preocupaciones o los mensajes que creen que han de transmitir al mundo, que seguro está expectante de atender a las payasadas de quienes se creen reyes, profetas, santos, gobernantes, de sangre azul, o de clase superior...

Así, los seres humanos nos hemos pasado la vida comiendo paja de toda clase; y parece que también hay quien se la hace mentalmente por no poder hacer otra cosa. Por eso, no había burro ni vaca: porque se habrían comido toda la paja y habría salido a la luz la aguja del pajar, como la verdad que pincha las conciencias. ¡Ya está bien de andar por las nubes y entre algodones!. ¡Ya está bien de predicar y charlatanerías!. Las personas necesitan apoyo, trabajo, refugio, casa, comida… Y eso requiere ser el ejemplo de acción, no predicar con el ejemplo de la vida de un Señor que sus llamados seguidores califican como modélico y que no siguen ni ellos mismos. ¡Dejemos las memeces para los animales, que parece que tanta evolución y avance no hayan servido de nada!.

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UNA ADICCIÓN MÁS

Resulta curioso caminar por la calle y observar la gran cantidad de gente que hay enganchada a estos pequeños aparatos. Hay niños, jóvenes y mayores. Unos de ellos, enganchados por las orejas, otros por la vista, y muchos de ellos, manoteándolos constantemente. Así, es sorprendente, al mismo tiempo que quizá un poco terrorífico, el poder que tienen los móviles en nuestras vidas, que incluso nos cautivan cuando vamos al volante de un vehículo, o mientras cruzamos un semáforo de peatones al mismo tiempo que chateamos.

En ellos podemos llevar fotos, música, vídeos u otra información personal; con ellos también podemos acceder al correo o Internet, consultar el tráfico, acceder a la cuenta del banco, comunicarnos con los amigos y familiares, almacenar los datos que recordar en nuestro calendario, ver por dónde ir a un determinado lugar con el coche, leer el periódico o una novela... Quizá son demasiadas cosas para este pequeño y en apariencia inocente e insignificante aparato. Incluso, llega a ser tal su valor, que lo podemos asegurar por si lo perdemos, nos lo roban o se rompe.

Pero no sólo podemos estar enganchados al aparato en sí, sino que también nos tiene enganchados al consumo eléctrico y la conexión a Internet, aparte de un desmesurado consumo de tecnología que se renueva a diario con nuevos modelos que tienen más prestaciones, generando así una gran contaminación y explotación de los recursos naturales en sus imparables procesos de manufacturación. Pero realmente, parece que esto no nos importa a los consumidores, que nos creemos libres, pero que en realidad somos dependientes, adictos, esclavos del consumo y las tendencias; que al mismo tiempo crean distinción entre los que tienen esta marca o modelo de teléfono o el otro; entre los que están a la última o entre los que se han quedado atrás; entre los que saben utilizarlos y los que no.

Quizá estos aparatos móviles realmente llegan a ser necesarios, pero creo que debemos darles sólo la importancia justa. Además, a menudo también acaban haciendo de intermediarios entre las personas: no podemos o no nos sabemos comunicar si no es por media de estos dispositivos y entre otros efectos, esto creo que no es demasiado bueno para el cerebro humano, que para desarrollarse, necesita de la interacción con otras personas; que para madurar, necesita del contacto humano, que por mucho que conseguimos mejorarlo, quizá nunca nos dará una máquina.

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EL ARTE DE BUSCAR ROBELLONES

Hace semanas que las montañas están llenas de gente buscando robellones. Unos, veteranos, otros, aprendices y quizá muchos, buscando llenar el tiempo libre al que les obliga el paro o la jubilación.  Hay gente que sabe donde buscarlos, o mejor dicho, donde encontrarlos, porque gente que busca, hay mucha, pero gente que encuentra, quizá no tanta. Y estos nunca dicen donde se pueden encontrar, guardando la ubicación del preciado rodal como un tesoro. Así, también hay quien remueve todos los matorrales o a quien sólo le queda girar la montaña hacia abajo y sacudirla bien para sacarle cualquier cosa. Pero igualmente, hay quien observa pacientemente los pequeños montículos que van levantando los robellones al emerger de la tierra, escarbando sólo en el lugar exacto. También hay quien sabe contar los días desde las lluvias de finales del verano, y hay quien se guía cuando ve la gente venir con las cestas llenas. Hay quien conoce las especies de hongos comestibles y otros que sólo conocen el robellón.  Hay quien sólo en busca por las cercanías, pero también hay quien hace muchos y muchos kilómetros para encontrar. También hay quien invierte muchas horas, caminando de aquí hacia allá con la vista clavada al suelo. Y hay quien da unos pasos y pronto se desmotiva cuando no encuentra nada. Y después de todo, hay quien sabe que no encuentra por circunstancias concretas y hay quien le tira la culpa al mal tiempo o a la cantidad de gente que ha pasado delante de él.

Quizá buscar trabajo se parece a buscar robellones: hay muchos que dicen buscar y son pocos los que encuentran. Así, hay quien invierte jornadas enteras con estos menesteres, y hay que enviando cuatro currículos ya piensan que lo tienen todo hecho.  Hay quien se mueve sin importarle las distancias y hay quien no se mueve de las cercanías. Hay quien enseguida se desmotiva cuando ve que no encuentra nada, y quizá algunos aún continúan buscando y buscando. Quizá todo el mundo espera encontrar trabajo de lo que conoce, de lo que ha hecho siempre, pero quizá son menos los están dispuestos a cambiar de oficio y se abren a otras posibilidades. Igualmente creo que son pocos los que observan las tendencias del mercado o las necesidades de las personas para ofrecerlos un determinado servicio. Y otra cosa quizá cierta, es que nadie nos dirá donde o cómo encontrar.

Sabemos que corren tiempos difíciles, que por mucho que busquemos, realmente no hay trabajo porque la economía está en paro, pero aquí está la tierra, que aún nos da de comer; que tiene muchos campos yermos, con árboles abandonados; que igualmente está dando de comer a los animales. Quien sabe: quizá es momento de volver a los pueblos que abandonaron nuestras generaciones anteriores, entonces en busca de más comodidades, ahora, en busca de comida.

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UNA GRAN SATISFACCIÓN

Corren tiempos difíciles, donde se tambalean los valores, el trabajo, nuestras creencias, las certezas, las relaciones, la estabilidad, y todo lo que eran nuestras seguridades. Quizá así, a veces la oscuridad llena nuestros pensamientos. Entonces hay que buscar un poco de claridad en nuestras vidas, haciendo cosas que nos gusten, que nos estimulen, que nos saquen de nuestro escondrijo. También puede ser necesario aprender a vivir con más humildad, valorando las cosas sencillas, como disfrutar de la naturaleza, o de las buenas amistades, o pasar más tiempo con los hijos, viéndolos crecer, jugando con ellos, siendo su guía y apoyo; hablando de los asuntos de los grandes y de los pequeños; rebuscando, experimentando y saboreando los sentimientos; compartiendo sus risas y también los momentos de tristeza.

Quizá unos de los acontecimientos que más satisfacción y buenos recuerdos nos evoquen después a lo largo de nuestra vida, son hechos como cuando conocimos a una chica, o el primer beso, la primera experiencia sexual, el enamoramiento, cuando empezamos a vivir en pareja, la boda, y como no, el nacimiento de un hijo.

El tiempo pasa y no se puede recuperar. A menudo no suelen haber segundas oportunidades, y menos cuando somos padres de un hijo, que a pesar de que podamos tener más de uno, cada uno de ellos será único, como también lo será el tiempo que podamos pasar con él.

Los niños llenan las casas de alegría y actividad, levantando toda una algarabía, que a pesar de que también puedan comportar quebraderos de cabeza, igualmente son portadores de risas y felicidad. Para mí es una experiencia maravillosa, que por el momento tengo la suerte y la oportunidad de poder compartir con bastante de tiempo.

Así, tengo mis responsabilidades y obligaciones, y me gusta hacer muchas cosas que llenen mi tiempo, sirvan para otros o me hagan sentir útil, pero cuando salgo de casa, también estoy deseoso de volver, para pasar más tiempo con mi pareja y los niños, hijos o sobrinos; jugando, riendo, aprendiendo a ellos y con ellos, o simplemente, sintiéndolos cerca, deleitándome cuando me destorban de mis ocupaciones porque reclaman mi atención, o una pequeña ayuda, o una sencilla sonrisa o cogerlos en brazos.

Creo que esta es una de las experiencias más gratificantes y por las que merece la pena vivir la vida y gozar al máximo de ella. Necesitamos ser felices y nuestros hijos también lo merecen. Quizá pasar tiempo con ellos y escucharles es una de las mejores maneras de conseguirlo.

--   Daniel Balaguer    http://www.danielbalaguer.es    https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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